Parashat Vaigash

Finalmente, luego de tantas idas y vueltas, Yosef les revela a sus hermanos su verdadera identidad: “Yo soy Yosef vuestro hermano, el que vendisteis a Egipto”. No fue fácil para Yosef convencerlos de que su intención no era hacerles daño, la verdad es que él nunca tuvo ni el más mínimo rencor contra ellos, ya que, después de todos los sueños que había tenido, y de todo lo vivido desde que lo arrojaron al pozo hasta que se convirtió en la mano derecha del faraón, su fe en Dios se había fortalecido, tal como se lo manifestó a sus hermanos: “No os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido aquí… No me enviasteis aquí vosotros, sino Dios”… Sin embargo, ¿cómo llegó Yosef a obtener un nivel tan elevado de fe en Dios?, ¿cómo es posible que no haya guardado rencor contra sus hermanos después de todo el daño que le habían causado? Nuestros Sabios nos enseñan que las diferentes situaciones que nos ocurren día a día, no son casualidad, son pruebas que nos pone el Creador, pequeños obstáculos que tenemos que superar. Claro que a veces no son tan pequeños, esto depende del nivel de la persona. No obstante, de una u otra manera estas pruebas tienen un mismo propósito: superarlas para que podamos estar más cerca de Dios, tal como lo aprendemos de la prueba que le puso Dios a Abraham avinu cuando le encomendó ofrendar a su hijo Yitzjak. Inmediatamente despues de que Abraham supera esta prueba, el ángel de Dios le dice: “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ahora sé que eres temeroso de Dios”.

Esto suena bonito en la teoría, pero ¿cómo podemos interiorizar el hecho de que Dios nos está probando constantemente para que nos acerquemos a El? Imagina esta situación: te diriges a una reunión importante de trabajo, y de repente se te pincha el neumático, ¿cuál es tu reacción? Algunas personas, al comienzo, se enojarán más que otras, sin embargo nadie que está en sus cabales comenzaría a golpear el neumático una y otra vez, ni lo insultaría. ¿Saben por qué? Porque es obvio que el neumático no tuvo la intención de hacerte daño, ¿verdad? Fue Dios que, con su infinita sabiduría y misericordia, hizo explotar el neumático por alguna razón que desconocemos. El verdadero problema surge cuando no es un neumático, sino alguien quien nos agrede, nos ofende, nos insulta. Ya no se trata de un objeto, sino de una persona que tuvo mala intención contra nosotros. Pero la verdad es que si Dios no quiere que alguien nos dañe o nos insulte no lo permitirá; Esta forma de vivir la realidad la vemos cuando “Shimí hijo de Guerá” maldice al Rey David, su guardia quería asesinar a Shimí, pero el Rey david lo detuvo diciendo: “El Señor le dijo que maldijera a David, y quién puede cuestinarle: ¿por qué lo hiciste? (Deja) que maldiga, ya que Dios se lo dijo”. Los libros de Cábala citan un ejemplo muy interesante para que podamos entender este concepto en profundidad. Se trata de un perro a quien su dueño golpeaba con un palo, el perro, mordía desenfrenadamente el palo, pensando que este era el que lo golpeaba, ignorando por completo a su dueño. Yosef, David, y muchos otros grandes del pueblo Judío eran consientes de que todos los sucesos que les ocurrían eran meticulosamente intencionados por el Creador, por lo que no tenía ningún sentido enojarse con los que los agredían, todo lo contrario, adaptaban los acontecimientos al plan Divino, reflexionando acerca del porqué de lo sucedido, y rectificando sus caminos para poder acercarse a Dios. Claro que este nivel no es tan fácil de alcanzar, ya que implica superar la ilusión de que tenemos el control de todo, y para ello debemos dominar nuestro ego, que busca constante reconocimiento e independencia. No queremos sentirnos en deuda, y preferimos creer que todo es nuestro mérito. ¿Estás dispuesto a bajar la cabeza, para acercarte a la dimensión trascendental? 

Por Ruben Raij

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