Parashat Shemini

¿POR Qué, según el judaismo, no podemos comer lo que nos apetece? ¿Qué tiene de malo deleitarse con un rico camarón, un jugoso puerco asado, o un crocante langosta frita? Si Dios es fuente de bondad, ¿por qué no deja que disfrutemos de este mundo “a nuestra manera”? Esta parashá nos relata la estricta dieta alimenticia que debemos seguir: Nada de camellos, puercos, liebres, conejos, pulpos, frutas de mar, entre otros. ¡Suena peor que cualquier otra dieta! Pero uno de los fundamentos básicos de nuestra hermosa tradición es que Dios con Su infinita sabiduría sabe exactamente que es lo mejor para nosotros, pues así como algunos alimentos dañan nuestro organismo, aumentando el colesterol, los azúcares, y hasta pueden ser cancerígenos, del mismo modo afectan nuestro comportamiento y nuestras cualidades del alma. Si bien hace cientos de años se desconocían cuáles eran los posibles daños que ciertos alimentos podían causar, teniendo que depositar “ciegamente” nuestra confianza en Dios y su dieta de salubridad, actualmente tenemos acceso a más información, como por ejemplo un estudio del centro de Seguridad Alimentaria que indica que la carne de cerdo es considerada una de las menos sanas del mercado y, por lo tanto, nunca se debe comer cruda o poco cocida. Una de las principales infecciones ocasionadas es la llamada triquinosis causada por una larva intestinal, que puede llegar a ser mortal, así como la salmonela o la hepatitis E. Mi intención no es alarmarlos, simplemente compartir la sabiduría milenaria para entender que no juega contra nosotros, sino que ayuda a nuestra integridad física y espiritual, y aunque a primera vista parezca que haya algunos “rituales” pasados de moda, no debemos juzgar sin antes investigar el verdadero sentido de su realización.

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