Parashat Vaieshev

Esta Parashá nos cuenta la historia de 12 hermanos, los hijos de Yaakov, que conforman las 12 tribus de Israel. Pero, ¿cómo es posible que con su gran nivel espiritual y moral, hayan conspirado su plan macabro de deshacerse de uno de sus hermanos, Yosef, arrojándolo a un pozo lleno de serpientes y escorpiones? Para entender la respuesta veamos los primeros versículos de esta Parashá: “E Israel amaba a Yosef más que a todos sus hijos, porque fue el hijo de su vejez”… “Y notaron sus hermanos que su padre lo amaba a el más que a los demás, y no podían hablarle en paz”. Aparentemente, el odio de los hermanos de Yosef se desató como consecuencia del amor de Yaakov hacia él, más que a sus otros hijos, y no era para menos, pues Yosef era hijo de Yaakov con Rajel, mujer que Yaakov verdaderamente amó, pero su embustero suegro Labán lo había engañado entregandole a Lea en la noche nupcial. No obstante cabe la pregunta: ¿Hizo bien Yaakov en demostrar más amor por un hijo en especial, a tal punto de generar odio entre ellos? El talmud, en el Tratado de Shabat (página 10, página 2) nos enseña que de lo ocurrido con Yaakov y sus hijos tenemos que aprender que un Padre no debe hacer diferencias entre sus hijos. Esto, a primera vista, tiene sentido, por lo menos en la teoría, pero, ¿cómo hacer cuando realmente sentimos más cariño por un hijo, padre, hermano, abuelo, más que otro, acaso debemos retener nuestros sentimientos o disimularlos? Rav Noaj Wainberg, de bendita memoria, trae un ejemplo: Imagina a un papá discutiendo con su hijo: Me estás volviendo loco. ¿Cuándo vas a madurar y hacer algo productivo con tu vida? Esto es lo que al padre le gustaría que su hijo responda: Muchas gracias Papá, necesitaba escuchar eso. No puedo decirte cuánto aprecio tus palabras, realmente intentaré hacer algo con mi vida. El padre piensa que al reprenderlo mejorará su conducta. ¡Qué error! En lugar de eso, su hijo le manifestará algo así:¡Aunque fueras el último hombre en la tierra no te escucharía! ¿Qué está pasando aquí? El padre solo quiere ayudar a su hijo; quiere estar cerca de él y orientarlo. El hijo también quiere estar cerca de su padre. Se quieren y se necesitan, pero están cometiendo un grave error en la forma de construir esa relación. Nuestras vidas están llenas de errores. A veces, creemos que nos vamos a sentir mejor si herimos a alguien que nos hizo daño. Sin embargo al hacerlo no logramos nada y terminamos sintiéndonos mucho peor. Existen diferentes explicaciones de por qué hay determinados padres y madres que no muestran signos de afecto a sus hijos e hijas, he aquí algunos de ellos: Falta de autoestima: tener una visión negativa de ti mismo y ser incapaz de valorarte puede provocar que sea difícil demostrar amor a otras personas, en este caso, a los hijos. Además, estos suelen ser una gran fuente de descarga de frustraciones para los padres. Percepción de los hijos como una carga: considerar que el proceso de crianza de los niños y bebés conlleva muchas responsabilidades y una carga de trabajo pesada, provoca que los padres se desentiendan de estas responsabilidades o que no cubran todas sus necesidades, como las de afecto. Historia familiar repetida: a menudo, cuando los padres no demuestran afecto es porque durante su infancia tampoco recibieron muestras de afecto ni de cariño por parte de sus padres, por lo que este patrón de relación se tiende a repetir de generación en generación, si no existe una consciencia de esta problemática y una voluntad de cambio. Conductas problemáticas en los hijos: puedan llegar a afectar la manera en que se relacionen con sus padres, habiendo una falta de afecto en algunos casos. Sea el deseo de Hashem que podamos seguir creciendo y educando sanamente a los que nos rodean.